Dr. Mariano N. Castex
Al dar nuevo impulso a esta página, se me ha pedido retomar las editoriales con las que hace un par de años, solíamos sacudir un tanto la modorra forense de nuestra tierra. Aceptado el desafío, se presenta de inmediato a mi visión, la imagen de un geronte avanzado, acusado por crímenes de lesa humanidad, exhibido profusamente a los medios, postrado en una camilla y rodeado por una multitud ululante clamando por venganza.
El conjunto quiérase o no, ofrece así a una turba –agitada por el odio y revanchismo- vejando a un ser humano enfermo, debilitado, sometido en ese estado a una coerción penal, sobre cuya ilegitimidad no puede caberle duda alguna a un tribunal, por mínima cultura constitucional que posean sus miembros y por mas trepidatio mentis (miedo en lengua de Castilla) que pueda infundirles la oleada de coacción que imponen conjuntos societarios que en nombre de los manoseados derechos humanos¸ los prostituyen a diario, anatematizando a todos aquellos que no admitan su personal visión e interpretación de un pasado histórico trágico y repudiable, pero en donde ambas partes en conflicto no vacilaron ante la comisión de toda suerte de atrocidades.
Themis por ende está siendo sustituida en los estrados del foro por Tisifone, Megera y Alecto. Pero el asunto es más grave aún. Una modesta investigación señala que solamente en el Juzgado de Ejecución Penal del fuero nacional, número 2, tienen a cargo a 66 (sí, sesenta y seis) inimputables, habiéndose reducido no sin magnos esfuerzos hasta ese número.
¿Para que sirven entonces los juzgados civiles? ¿Qué utilidad tienen las disposiciones constitucionales? ¿Cuál es el sentido de holgarse en los claustros con la sabiduría de nuestro art 34, 1° CP si a la postre la declaración de inimputabilidad por razones psiquiátricas equivale lisa y llanamente a una condena sine die, esto es, a perpetuidad?
Se vive en el reino del miedo, sembrado y cultivado por la inequidad socioeconómica y utilizado para agitar la venganza y acrecentar de tal modo el Poder a través de más y mejor violencia. En el país en donde la brutificación a través de la privación de educación es norma (¿Cuántos días de clase llevamos en el segundo mes del año?), no sorprende en consecuencia que mientras algunos se enriquezcan en forma descarada abusando del Poder en donde se entronizaron como servidores del pueblo y no como predadores del acervo público, en no pocas áreas se cometan toda suerte de dislates, a cada cual mayor.
¡Tablado este de país, sobre el que se contornean locamente, querubines y luzbeles en pos de su propia destrucción! Fiscales que acusan sin razones o incluso manipulando y hasta ocultando pruebas, si estas no resultan favorecedoras de la posición de brillo en donde procuran instalarse.
Jueces de garantía que olvidan mirar de frente, tal el miedo que les posee. Encumbrados y entorchados, todos a dedocracia pura. El sol de mayo ya no existe en esta República. Tan solo una ventisca siniestra sopla en sus montes y llanos, en donde más que el San La Muerte , azuzan noveles engendros de éste, el San descaro, la Santa impudicia y sus gemelas -santitas también- mentira y avaricia, no faltando el San escrache enemigo acérrimo de todo aquél que no piense como el quejoso de turno, el obeso San vago importado desde el reino del no trabajo –descendiente del pan y de la sidra-, y sobre el conjunto, las nubecillas de la San sospecha, aquél suave venticello paridor de la calumnia, exquisitez esta última que el inolvidable Rossini pone en boca de Don Bartolo. ¡Ah! Me olvidaba ya. Cerrando el desfile carnavalesco de nuestro corso argentino, la novedosa variante del San La Venganza con ropajes de Derechos Humanos solo para mí y para quienes piensen como yo. Anatema sit quien ose sostener lo contrario. Nuestra nación hermana lusitana crea y goza el carnaval, en tiempo y forma. En cambio nosotros los argentinos bullimos en el orgasmo estéril de un perpetuo y trágico carnaval, siempre a destiempo del resto de la civilización, creado aquél por líderes que votamos tragándonos cada vez un sapo más grande. Tanto hemos destruido que hasta ni militares restan ya a quien se pueda imputar el cúmulo de males que con fruición acunamos a diario. Mientras tanto gira, gira… como dice el tango o, mejor, con Fellini repitamos: - E la nave va…
Septiembre de 2008
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