por José Ramón García Paz
Jornada realizada en la Academia Nacional de Ciencias
de Buenos Aires. CIDIF 17/06/2008
CONSIDERACIONES FINALES
Cuando reflexionamos sobre un tema que implica connotaciones éticas o morales es difícil sustraerse a la influencia que nuestras propias experiencias han ejercido sobre nuestro modo de pensar y cuando el problema es esencialmente humano, cuando afecta a seres de carne y hueso, se hace casi imposible atesorar permanentemente una opinión que no se vea condicionada o modificada por las vivencias de las personas queridas que nos rodean.
El tema presenta dos perspectivas bien diferenciadas. Por una parte, la decisión personal e intransferible del paciente. Por otra, el derecho de extraños, sean o no especialistas médicos, a decidir sobre la vida del prójimo. No nos referimos a la disyuntiva de prolongar artificialmente la vida de un enfermo en fase terminal sin posibilidad de recuperación, sino al caso de quien se siente arrogado del derecho a matar a alguien sin su consentimiento expreso para evitarle sufrimientos, prejuzgando las expectativas sobre la calidad de vida futura del paciente.
Conviene ser extremadamente respetuoso con aquello que se refiere a las cuestiones límite de la existencia humana. y la muerte es, sin duda, una de ellas. También resulta ineludible deslindar las cuestiones morales de las jurídicas, que tan frecuentemente se confunden enturbiando el debate y ahuyentando la claridad conceptual.
Las discrepancias éticas derivan de las diferentes y contrapuestas concepciones acerca de la vida humana y de su dignidad. No posee el mismo valor la vida para quien la concibe como un don de Dios indisponible para el hombre que para quien la considera una mera propiedad inmanente a ciertos seres. Incluso sin apelar a la religión, quienes confieren un valor intrínseco y una elevada dignidad a la vida humana, rechazan la legitimidad moral de la Eutanasia.
La Eutanasia no se limita al ámbito de la conciencia personal del suicida sino que involucra a la sociedad y a las profesiones sanitarias que, en lugar de consagrarse a la defensa de la vida y de la salud, se alían con la muerte. La proscripción jurídica de la Eutanasia deriva del imperativo de no matar. Y el consentimiento de la víctima no hace desaparecer la responsabilidad criminal.
Prestar servicios al moribundo, acompañarle en sus últimos días con los auxilios de la Medicina Paliativa es una acción humanamente excelente y de alta calidad profesional. Pero matarle es robarle uno de los momentos estelares de la vida: una buena muerte completa la vida, la buena muerte es una de las experiencias más importantes que se nos dan.
La prohibición absoluta de matar a los enfermos es, para todos, una fuerza moral maravillosa e inspiradora, que nos salva a todos, pacientes, médicos y sociedad, de los efectos perversos de la compasión, de ella nace la Medicina Paliativa.
La sociedad que no sabe integrar con naturalidad y humanidad la muerte, no sabe cómo tratar y apoyar a sus enfermos y moribundos, es incapaz de descubrir el hondo sentido humano que puede tener el hecho del morir, por lo que se hace necesario crear una sensibilidad nueva y reintroducir el hecho de la muerte en nuestras coordenadas vitales. Creó por lo tanto que éste es el auténtico camino para abordar toda la grave problemática de una civilización que ha aprendido muchísimas cosas, pero que ha olvidado cómo poder morir humanamente.
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